Adictos a las redes sociales

Si usted utiliza habitualmente los transportes públicos se habrá percatado de que cada vez hay más gente consultando el móvil en el metro, o ¡incluso mientras camina por el andén! Una consecuencia de la proliferación de smartphones (teléfonos inteligentes) y de su uso y abuso es un aumento de las consultas a centros médicos para tratar la adicción a estos aparatos, que de hecho son auténticos ordenadores de bolsillo. Para los especialistas, uno de los inconvenientes que tienen estas nuevas dependencias es la dificultad de detectarlas. No afectan a la economía doméstica ni arruinan al adicto, por lo que el problema puede pasar desapercibido. Sin embargo, acaba afectando el día a día y las relaciones personales.

 

En la unidad de juego patológico del Hospital de Bellvitge se observa con expectación este nuevo fenómeno que cada día se hace más palpable. En la actualidad el porcentaje de personas que acuden para tratar su adicción a las nuevas tecnologías oscila entre el 9% y el 12% del total. En este campo entran videojuegos, móviles, internet... Pero la cuota de adictos a internet va creciendo progresivamente y ya está en un 2%. «Hace años que se empezó a notar, pero en los últimos tres el crecimiento es más acelerado, aunque todavía es pronto para sacar conclusiones», asegura Juan José Santamaría, psicólogo investigador de Bellvitge.

 

Contrariamente a lo que se pueda creer, no se trata de un problema que esté encontrando acomodo en la adolescencia, sino que se centra en una horquilla alrededor de la treintena. «Se suele iniciar sobre los 25, aunque la media de edad del paciente afectado es de 30 años», explica Santamaría. Eso no significa que gente de otras franjas de edad pueda sentirse a salvo: «Hemos tenido algún caso de 40 años, aunque no es lo habitual». El 80% son hombres. «En parte porque tendemos a ser más impulsivos, pero también porque hay una cierta estigmatización social de la mujer que sufre esta adicción, por lo que ni siquiera acude a la consulta», razona el especialista.

 

CIFRAS EN AUMENTO / Y en los próximos años irá a más la cosa, puesto que el uso del smartphone se está generalizando. Según un estudio de Nielsen sobre hábitos de consumo, España es el segundo país del mundo con mayor aceptación de los smartphones en la franja de edad de los 15 a los 24 años, con un 38%, por delante de países como Alemania (28%) o EEUU (33%) y solo superado por Italia, donde un 47% de los terminales de los usuarios de esas edades son teléfonos inteligentes. Más datos: el 80% de los jóvenes entre 15 y 35 años acceden cada día a una red social como mínimo. Esa cuota aumenta hasta el 93% entre los 15 y los 18.

 

Ante el alarmismo que suele generar un tema como este al salir en los medios, los especialistas dejan claro que el problema no está en la red social o en internet, sino en la mente del usuario: «De la misma forma que todo el mundo consume alcohol y solo afecta a unos pocos, sucede también con las redes sociales», apunta José Fernández, terapeuta de la entidad Atención e Investigación de Socioadicciones (AIS). Y también insisten en la fragilidad de las informaciones que salen publicadas, ya que aunque todas apuntan a una tendencia al alza, no tienen todavía respaldo científico, puesto que la Organización Mundial de la Salud (OMS) aún no ha reconocido la adicción a las nuevas tecnologías como una enfermedad. «Todo son datos subjetivos, o bien estudios de investigación sin carácter oficial», comenta Fernández, aunque cree que «es cuestión de tiempo que se reconozcan los síntomas que produce: ansiedad, depresión, falta de sueño».

 

Donde ya se puede constatar un abuso de las redes sociales es en el ámbito del trabajo. Son numerosas las sentencias judiciales que tratan esta nueva fuente de conflictividad laboral. Es lo que se conoce como absentismo presencial. El trabajador está en su puesto, pero sin realizar las tareas para las que ha sido contratado. Aquí chocan dos derechos: el de la empresa a controlar ordenadores que son de su propiedad y el del empleado a la intimidad.

 

Como indica Yaiza Cabedo, responsable del área de formación del bufete Conesa Asociados, especializado en derecho laboral, «el hecho de tratarse de un problema nuevo ha provocado en algunos casos sentencias aparentemente contradictorias, pero que han ido perfilando unas pautas de actuación». El criterio general seguido a día de hoy es que la empresa no puede acceder a los rastros de navegación, puesto que forman parte de la esfera privada del empleado, aunque como añade Cabedo «ello no significa que no se reconozca el perjuicio que está causando a la empresa navegando en horas de trabajo».

 

Ante este panorama muchas empresas optan por restringir el acceso a cierto tipo de páginas. Son aquellas «con una estructura jerarquizada, donde lo importante es el tiempo que se pasa en la oficina», según César Castel, director de operaciones de Adecco Professional. En contraposición a estas existen otras, de tamaño medio, «que trabajan más orientadas a resultados y que depositan mayor confianza y libertad en el trabajador». Para Castel, el absentismo presencial tiene un trasfondo de falta de motivación, más que de adicción a las redes sociales: «Si no puede acceder a la red, el que no quiere trabajar hará sudokus o se pasará media hora al teléfono».


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