Los éxitos a corto plazo contra el absentismo

El absentismo laboral es un tema complejo que se gestiona desde la simplicidad (ver el Barómetro sobre valores y comportamientos frente al absentismo en la empresa de Mutua Egara y el IEL de Esade). La complejidad comienza por la definición, que al no estar consensuada, produce distorsiones de medición. Así, y al menos hasta el 2005, las cifras de absentismo de los empleados públicos eran mayores que las del sector privado porque los criterios de la definición los discriminaba.

 

El origen semántico es también una limitación porque, inicialmente, se entendía por absentista al propietario rural que vivía lejos de su tierra. Esto ha llevado a asimilar absentismo con vagancia y a culpabilizar al absentista, en especial al empleado público. Es normal, por tanto, que las medidas para gestionarlo sean en general punitivas.

 

Lo anterior no niega el absentismo abusivo. Hay trabajadores de los que se puede definir con exactitud en qué días concretos del futuro faltarán al trabajo. Tampoco niega el exceso de absentismo consecuencia, en buena parte, de su gestión simple y del casi inexistente sistema de información empresarial sobre el fenómeno.

 

Admitiendo lo anterior, la publicación del real decreto ley 20/2012, que permite deducir una parte substancial del salario a los funcionarios que presenten baja por enfermedad entre el primer y el tercer día, parece responder más una política recaudatoria que una medida de gestión.

 

Que su aplicación haya reducido el absentismo público puede sonar a éxito siempre que demos por bueno que paguen justos por pecadores, o que no tomemos en consideración algo que los profesionales de los recursos humanos conocemos: que los éxitos a corto plazo de las malas políticas se acaban pagando en momentos y en formas insospechadas (y más caras) en el futuro.

 

Es un decreto que, además, reintroduce una práctica precapitalista que consiste en pagar por el trabajo realmente efectuado (a tanto la pieza) y que podría obligar a replantear derechos reconocidos como los 20 minutos de descanso por bocadillo y, más en general, a favorecer los contratos a autónomos (externalizando costes) sobre los trabajadores de plantilla. Si apostamos por la calidad de la gestión pública este no parece ser el camino más adecuado.

 

El World Ecomomic Forum lleva años puntuando bajo en capítulo dedicado al factor de sofisticación de la empresa española y animando a mejorarlo como condición para entrar en el club de los países de economía del conocimiento.

 

Modernizar la gestión del absentismo iría en ese sentido y modelos no nos van a faltar. Los interesados pueden entrar en la página de la CIPD, la asociación de Directivos de recursos humanos de Inglaterra y buscar por absencemanagement. Se llevarán una sorpresa del grado de sofisticación al que se puede llegar en la gestión del absentismo. Sería edificante que el sector público y por supuesto el privado tomaran nota.

 


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