Berlín prepara la creación de un ministerio europeo de Economía

Brujas y Aquisgrán suelen ser el escenario de los grandes discursos europeos, ya sean a favor o en contra de la integración. En la ciudad belga Margaret Thatcher fijó en 1988 algunas de las muchas lineas rojas de Londres respecto a Bruselas. Y en 2011, en la capital de Carlomagno, el entonces presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, propuso la creación de un ministerio europeo como máxima autoridad económica de una Europa confederal.

 

Las trayectorias de esas dos tendencias se cruzaron el pasado 27 de marzo, con la presencia de Wolfgang Schäuble en el Colegio de Europa de Brujas. El ministro alemán de Finanzas trazó ese día el futuro de una zona euro que, a medio plazo, podría contar con un supercomisario de Economía, un presupuesto casi propio y hasta un parlamento desgajado del europeo.

 

Solo 24 horas después, Schäuble firmaba una tribuna (publicada en Financial Times) junto al ministro británico de Finanzas, George Osborne, en la que Berlín se compromete a que el descomunal salto hacia adelante de la zona euro se haga sin perjudicar a los socios de la UE que, como Reino Unido, parecen dispuestos a mantener su propia divisa.

 

Berlín y Londres representan los dos extremos en la visión sobre el futuro de Europa y su conciliación resulta imprescindible para seguir avanzando en bloque. De modo que un acuerdo entre esas dos capitales despeja el camino para una reforma del Tratado de la Unión que, según Alemania, se pondrá en marcha tras las elecciones al Parlamento europeo del 25 de mayo.

 

El nuevo Tratado servirá, en primer lugar, para dar una base legal europea a los instrumentos creados al margen de la UE para responder a la crisis del euro, como el fondo de rescate para financiar a los países sin acceso a los mercados (Grecia, Irlanda, Portugal y Chipre) o el futuro mecanismo de resolución bancaria, encargado de liquidar o reestructurar las entidades financieras en dificultades.

 

Pero Berlín no se conforma con “europeizar” esas herramientas. El gobierno alemán quiere que el nuevo Tratado profundice el proceso de integración económica de los socios de la zona euro hasta el punto de que el comisario o ministro europeo de Economía pueda vetar los presupuestos nacionales si nos ajustan a los parámetros previstos en la normativa europea.

 

El Pacto de Estabilidad, aunque se ha endurecido durante la crisis, solo permite a Bruselas emitir recomendaciones sobre los proyectos presupuestarios, pero no dispone de potestad para frenarlos o modificarlos.

 

Schäuble también propone supeditar la distribución de los fondos europeos al cumplimiento de ciertas políticas en los Estados miembros, lo que permitiría, por ejemplo, concentrar el gasto en países como España en reformas estructurales para reducir el desempleo.

 

La negociación del nuevo Tratado, cuya apertura ya ha sido aceptada tácitamente por varios gobiernos, incluido el de Mariano Rajoy, también suscitará el debate sobre la dimensión social de la zona euro. Durante la crisis, la unión monetaria ha logrado evitar, a través del BCE, el colapso del sector financiero, pero no dispone de instrumentos para reducir una lista de paro en la que figuran 19 millones de personas o el 11,9% de la población activa.

 

Países como Francia ya plantean la comunitarización del seguro de desempleo, para romper el vínculo entre tasa de paro y cuentas públicas nacionales, del mismo modo que la unión bancaria pretende romper el círculo vicioso entre la deuda bancaria y la soberana.

 

En principio Berlín no se cierra en banda a ninguna propuesta, siempre que la solidaridad supranacional vaya acompasada con cesión de soberanía, para evitar que los contribuyentes de un país acaben pagando la irresponsabilidad de las políticas aplicadas en otro.

 

Con esa premisa por delante, el plan alemán incluso podría desembocar en la creación de un Tesoro europeo, con capacidad de financiar en parte a los socios de la zona euro. Fuentes europeas aseguran que Berlín no descarta esa idea. Y que contempla utilizar como embrión el actual fondo de rescate (MEDE o Mecanismo europeo de Estabilidad).

 

Según esas mismas fuentes, el MEDE, con sede en Luxemburgo, se convertiría en el eje central de la política económica de la zona euro. Y se fusionaría con la dirección general de Asuntos Económicos de la Comisión Europea.

 

Por si acaso, Berlín ya ha movido sus peones. Y el MEDE, nacido en 2012, es gran parte un coto alemán. España intentó en vano colarse en ese organismo y propuso a Belén Romaña para dirigirlo. Sin éxito, claro. Solo David Vegara, antiguo secretario de Estado de Economía, ha logrado encaramarse hasta un consejo de dirección donde tres de los seis miembros son alemanes, incluido el número uno, Klaus Regling.

 

 

Olli Rehn se despide entre protestas por la austeridad

Ninguna de las dos partes lo había previsto, pero el último día de Olli Rehn como comisario europeo de Economía, el pasado viernes, coincidió con una gran manifestación en Bruselas convocada por la Confederación Europea de Sindicatos contra las políticas de austeridad. Desde hoy, el incómodo puesto de Rehn lo ocupa el comisario de Transportes, Siim Kallas, que compaginará ambas carteras mientras el finlandés regresa a su país para concurrir a las elecciones europeas del 25 de mayo.

 

Rehn no lo tendrá fácil, pues se presenta por el partido liberal, formación con muchos seguidores euroescépticos reacios a Bruselas. El voto, además, es nominal, lo que permitirá medir con exactitud los apoyos de Rehn en su país.

 

La popularidad de Rehn fuera de Finlandia será más difícil de calcular, pero no debe ser muy alta en los países rescatados como Grecia, Irlanda, Portugal y Chipre. Como representante de la Comisión le correspondía más bien el papel de poli blando dentro de la troika. Pero su empecinamiento con ciertas rectas, cuestionadas hasta por el FMI, le han convertido en el rostro duro de la austeridad. Quizá se deba a su empeño en no dar ningún paso sin tener completa seguridad. Una prudencia que para Rehn ha terminado en un traspiés.

 

 

La bestia negra de Almunia

“Almunia es un integrista liberal obsoleto”, aseguraba hace unos meses el ministro francés de Industria Arnaud Montebourg, según recuerda el blog especializado en competencia Chilling Competition. Su actitud ha tenido recompensa, pues Montebourg fue ascendido el viernes a ministro de Economía en el nuevo gobierno de François Hollande. Toda una declaración de intenciones de un ejecutivo llamado a chocar con Bruselas, y no solo con el comisario europeo de Competencia, Francia no oculta su deseo de relajar la aplicación del Pacto de Estabilidad, al que culpa del imparable ascenso del paro y las débiles cifras de crecimiento. El choque de trenes parece inevitable, salvo que Berlín tercie a favor de París.

 


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